25 julio, 2010

Pero seguía volando, desesperadamente…

Vuelo sin orillas


Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.


Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.


Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.


Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.


Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.


Me oprimía lo fluido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.


Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Oliverio Girondo

18 julio, 2010

Traductor de Almas II

LEOPOLDO. — En el sueño yo sentía algo muy especial…

REACHEL. — ¿Qué cosa Williams?… Perdón, Leopoldo…  es amor… Me amas, nos venimos amando  desde hace siglos, nuestras almas se aman, no importa el cuerpo que tengamos… (…)

LEOPOLDO. — ¿Y qué vamos a hacer con este amor? ¡¡No puedo ni tocarte!!  Estoy sintiendo una cosa tibia acá (Leopoldo se señala el pecho), y sé que va a comenzar a doler…

REACHEL. — Te estas acordando… te estas acordando…

Fragmento de “No te mueras sin decirme a dónde vas”

04 julio, 2010

Traductor de Almas

¡Qué desastre que somos! Vos tenés miedo a nacer, yo tengo miedo a morirme… ¿Me querés decir cuando nos vamos a encontrar?

01 julio, 2010

Todo es confuso, las sonrisas, las lágrimas, tu mirada siempre amable, las cortesías, el dolor, la tristeza, la distancia, la cercanía intangible de los abrazos fabricados, de los besos inventados, vos, principalmente vos… sí, es confuso y fácilmente confundible, como muchas de las cosas últimamente.

El no lograr atinar alguna palabra sensata, el no ser capaz de mirarte a los ojos, son síntomas inconfundibles. Lo sé, los reconozco pero finjo no darme cuenta de ello, elijo que sea de esa manera. Lo hace más fácil.

Espero… (Léase por esto: te espero a ti, o en su defecto a esa versión alternativa del fantasma que alguna vez fuiste).

Miro distraída el despliegue de paraguas y la tenue llovizna. A lo lejos logro verte. Venís con el paso lento y el pelo mojado. Te pasas la mano por la cara secándote las gotas de lluvia y seguís con el rostro inmutable. Yo contengo la respiración.

Comienzo a retorcerme inquieta sobre la silla… te miro nuevamente y esta vez me regalas una sonrisa amplia, tan dulce, tan amable e indescifrable como siempre y me cuesta refrenar esa descarga de adrenalina que me traslada el corazón hacia el estomago.

Entras y lentamente te vas acercando hacia la mesa. Respiro hondo como tratando de infundirme valor… y luego… luego lo de siempre, una sonrisa y el silencio.

Y nuevamente vuelvo a decirme: sí, la próxima… sí, quizás la próxima vez dejé de utilizar los artilugios de las palabras sutiles y refinadas, en suaves prosas metafóricas para tratar de explicarte lo que se resume en las dos únicas palabras que no me atrevo a decirte…


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