Curiosa época ésta. Se me acabaron los culpables y no me queda más alternativa que hacerme cargo
del fardo de la desmesurada desesperación que me precipitó sobre los años…
Sólo el amor convierte en milagro el barro. Sólo el amor alumbra lo que perdura.
18 diciembre, 2011
29 octubre, 2011
09 octubre, 2011
Caminaba en la obscuridad . La bruma que despuntaba esa madrugada no le permitía ver más allá de sus pies. El ritmo agitado y poco armónico que llevaba la hacía respirar con cierta dificultad; se concentraba en mantener el paso pero la obscuridad que la rodea la hizo trastabillar y caer de bruces. Trató de incorporarse pero últimamente las fuerzas la habían abandonando.
Cuando despertó, yacía tendida en un suelo irregular, húmedo y musgoso. Los primeros haces de luz se filtraban a través de las hojas de los centenarios árboles que la rodeaban. Tanta claridad parecía herir sus párpados cansados; entrecerrando los ojos trató de divisar algún sitio familiar, algún minúsculo indicio que la ubicase en el vasto espacio que la rodeaba. Pero fue en vano, nada halló.
Indecisa comenzó a deambular. Luego de unos minutos de caminata quedó frente a frente a una encrucijada. La ironía misma parecía materializarse en aquella ambivalencia , el sueño y la pesadilla; lo más deseado y lo más temido. Se sentía atrapada como el mismo felino de Schrödinger, incapaz de ser artífice de su destino esta vez, como si toda su existencia dependiera de la mirada de un desconocido, ausente pero imprescindible.
Se encontraba irremediablemente allí, absorta y detenida en el tiempo frente a aquella bifurcación. Dos ignotos universos se abrían ante sus ojos, dos senderos extrañamente familiares y anhelados. Ante su atónita e incrédula mirada el destino le depositaba a sus pies el vislumbre de lo que podría llegar a ser…
A su derecha el camino era escarpado y de difícil acceso . Una luz tenue a duras penas lograba iluminar aquel descortés sendero que aunque defectuoso a la vista de la mayoría para ella era dol
orosamente irresistible. Ingenuamente sentía que lo entendía hasta en lo más profundo, parco y taciturno como su lúgubre alma de niña herida. Veía a aquel antiguo camino con un ardor inesperado como lacerante, tan urgente que le perturbaba el espíritu; sentía la irrefrenable necesidad de salir corriendo a su encuentro y besarle cada herida, cada marca que el paso de los años le había dejado. Tenía el misterio de lo desconcertante, la mezcla perfecta de madurez e inteligencia.
A su izquierda la perspectiva era muy distinta. Se trataba de senda amplia y luminosa. Su trayecto era suave y afable. Cada tramo de su recorrido visible destilaba lozanía y cordialidad. Era lo opuesto a aquel pequeño espíritu solitario y herido que había encarnado en ella. Eran como los polos de un imán. El magnetismo de aquel cálido camino la envolvía y la arrastraba inexorablemente. Silenciosa e íntimamente parecía leerle los pensamientos y amoldarse a ella. Era inevitable no enamorarse de la belleza que le ofrecía. Y trémula sentía que en cierto modo aquel camino tan transitado la completaba y eso le daba pavor.
Acaso pedir piedad frente a aquella lastimera situación no era suficiente. Su alma agitada y temblorosa se hacía añicos frente a la indecisión. Ella sabía en los mas hondo de su corazón que no era capaz de elegir un sólo camino. El hacerlo significaba que una parte suya se cerraría y moriría junto al camino que dejase de lado. Era automutilación, una apoptosis que de seguro iba a dejar una huella permanente, insondable y amarga.
Era justamente en estos momentos que ella deseaba con todas sus fuerzas que Everett tuviese un poco de razón y que en verdad el universo esta vez conspirara a su favor…
Cuando despertó, yacía tendida en un suelo irregular, húmedo y musgoso. Los primeros haces de luz se filtraban a través de las hojas de los centenarios árboles que la rodeaban. Tanta claridad parecía herir sus párpados cansados; entrecerrando los ojos trató de divisar algún sitio familiar, algún minúsculo indicio que la ubicase en el vasto espacio que la rodeaba. Pero fue en vano, nada halló.
Indecisa comenzó a deambular. Luego de unos minutos de caminata quedó frente a frente a una encrucijada. La ironía misma parecía materializarse en aquella ambivalencia , el sueño y la pesadilla; lo más deseado y lo más temido. Se sentía atrapada como el mismo felino de Schrödinger, incapaz de ser artífice de su destino esta vez, como si toda su existencia dependiera de la mirada de un desconocido, ausente pero imprescindible.
Se encontraba irremediablemente allí, absorta y detenida en el tiempo frente a aquella bifurcación. Dos ignotos universos se abrían ante sus ojos, dos senderos extrañamente familiares y anhelados. Ante su atónita e incrédula mirada el destino le depositaba a sus pies el vislumbre de lo que podría llegar a ser…
A su derecha el camino era escarpado y de difícil acceso . Una luz tenue a duras penas lograba iluminar aquel descortés sendero que aunque defectuoso a la vista de la mayoría para ella era dol
A su izquierda la perspectiva era muy distinta. Se trataba de senda amplia y luminosa. Su trayecto era suave y afable. Cada tramo de su recorrido visible destilaba lozanía y cordialidad. Era lo opuesto a aquel pequeño espíritu solitario y herido que había encarnado en ella. Eran como los polos de un imán. El magnetismo de aquel cálido camino la envolvía y la arrastraba inexorablemente. Silenciosa e íntimamente parecía leerle los pensamientos y amoldarse a ella. Era inevitable no enamorarse de la belleza que le ofrecía. Y trémula sentía que en cierto modo aquel camino tan transitado la completaba y eso le daba pavor.
Acaso pedir piedad frente a aquella lastimera situación no era suficiente. Su alma agitada y temblorosa se hacía añicos frente a la indecisión. Ella sabía en los mas hondo de su corazón que no era capaz de elegir un sólo camino. El hacerlo significaba que una parte suya se cerraría y moriría junto al camino que dejase de lado. Era automutilación, una apoptosis que de seguro iba a dejar una huella permanente, insondable y amarga.
Era justamente en estos momentos que ella deseaba con todas sus fuerzas que Everett tuviese un poco de razón y que en verdad el universo esta vez conspirara a su favor…
22 julio, 2011
Al que no fue, pero pudo ser… Al hasta ahora siempre ausente.
Quiero desaparecer y no morir
Quiero no ser y perdurar
Y saber que perduro
Llamo a las puertas de la muerte
Y me retiro
Llamo a la vida y huyo avergonzado
Quiero ser toda mi alma y no lo puedo
Quiero todo mi cuerpo y no lo logro
Vicente Huidobro. Poemas póstumos 4.
14 junio, 2011
06 junio, 2011
Hoy he cerrado mi ventana
y he pensado en ti,
quería recordarte esta mañana.
Te vi sentado en un sillón,
tomando tu café,
los niños correteando por la casa...
Me pregunte:
¿Será feliz?
¿En donde vivirá?¿Será un hombre enamorado?
Me respondí que no,
porque el amor
es sólo flor de un día.
Me respondí que no,
porque lo nuestro
no lo olvidarías.
Me respondí que no,
porque no es fácil
olvidarlo todo.
No se por qué,
cuando estoy sola
te recuerdo aún
será que el vino
excita la memoria.
Como bien sabes me casé,
ahora soy feliz,
los niños correteando por mi casa.
Pero ya ves,
no se por qué
hoy me acordé de ti
y quise imaginarte enamorado.
Me respondí que no,
porque lo nuestro
no lo olvidarías.
Me respondí que no,
porque no es fácil
olvidarlo todo.
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